Jeni, la capitana que sí representaba los valores del rugby: “En su ánimo estaba volver a jugar”

Esta chica con síndrome de Down fue un ejemplo por su capacidad para resistir a las adversidades y por su interés en practicar deporte, aun cuando su salud era delicada.

Jennifer, en pleno partido de rugby. (Walter Degirolmo)

Jenifer siempre mantuvo la sonrisa ante las adversidades, algo imprescindible para ser capitana de un equipo de rugbyTal vez sea difícil entender la actitud de alguien a quien la suerte le fue esquiva desde el mismo momento en que nació. A los pocos días de nacer los médicos descubrieron que tenía síndrome de Down, hace un año perdió a su padre, el pasado 28 de marzo le diagnosticaron una leucemia y no hace ni un mes que su sonrisa se borró para siempre. Tenía 27 años y, pese a la dureza de su enfermedad, sólo le rondaba una cosa en la cabeza mientras estaba en el hospital: volver a jugar a rugby una vez más con sus amigos de El Quijote, un club toledano con sede en Illescas. Su sueño era poder levantarse de la silla de ruedas, enfundarse un casco protector que le había pedido a su madre por su cumpleaños y compartir esos buenos momentos con sus compañeros y entrenadores. Luchó con todas sus fuerzas hasta que al final, como recuerda su madre Maribel, “se me fue apagando poquito a poco”.

Hace dos años Jeni, como le conocían todos en su localidad natal de Aranjuez, tenía pensado ir al Mundial de rugby inclusivo que se iba a celebrar en 2021 en Cork (Irlanda) y que finalmente quedó a aplazado por la pandemia. En un partido de preparación celebrado en Madrid alguien cogió su móvil y grabó la arenga que dirigió a sus compañeros. En plan capitana se puso en medio de un círculo rodeada de los jugadores que se abrazaban entre sí y les dijo: “Quiero que sepan una cosa, que mi sobrina, Indhira, aprenda cómo es esto, cómo es el rugby y cómo son los compañeros. Muchas gracias a todos”. Luego se abrazó a todos. Así era Jeni.

Jennifer protege la pelota delante de los rivales. (Walter Degirolmo)
Jennifer protege la pelota delante de los rivales. (Walter Degirolmo)

Maribel aún recuerda el día en que los médicos le dijeron que su hija tenía síndrome de Down. Fue a los dos meses de su nacimiento, “porque durante el embarazo no detectaron nada, y eso que me hicieron muchas pruebas porque en las ecografías se podía ver que había perdido líquido amniótico”. Ella siempre quiso tener tres hijos. Era de ideas fijas. Por entonces ya habían nacido Alejandro, su hijo mayor y Maribel, la mediana. Así que le faltaba uno para completar el trío. Antes, quiso estar segura de que podía tenerlo a sus 35 años porque un año antes había tenido un aborto.

 

La ayuda de una psicóloga particular

La ginecólogo no se lo desaconsejó. Al contrario, le animó a hacerlo. Le explicó que la mejor edad de las mujeres para tener hijos está entre los 22 y los 38 años. Si a eso unía el hecho de que ya había tenido dos hijos sanos, los riesgos de un embarazo complicado eran mínimos. El caso es que a los ocho meses le provocaron el parto. “En aquel momento nadie sospechó nada”, admite. A las nueve semanas del alumbramiento ya le comunicaron que su bebé tenía síndrome de Down. “Es algo que sucede en uno de cada 600 nacimientos y me tocó a mí como le podía haber tocado a cualquiera”, señala sin lamentarse en modo alguno.

A sus 65 años Maribel recuerda que desde el primer momento la niña contó con la ayuda de una psicóloga particular especializada en niños y niñas con síndrome de Down “que venía dos veces al mes”. Además, le recomendaba una serie de ejercicios para que los realizara en casa. A los cuatro años sus padres la metieron en una guardería y al mismo tiempo asistía a un centro de atención temprana en logopedia y estimulación. “Ella nunca necesitó de ningún fisioterapeuta porque tenía mucha flexibilidad”, afirma la madre.

Jennifer, en pleno ataque de su equipo. (Walter Degirolmo)
Jennifer, en pleno ataque de su equipo. (Walter Degirolmo)

Tampoco tuvo dificultades a la hora de hablar. “Es que era una niña muy espabilada y la verdad es que también trabajaba mucho”. Así que Jeni se comunicaba con la gente con relativa facilidad y se podía entablar con ella conversaciones de cualquier tipo. “Cuando alguien estaba mal era la primera en preocuparse. Por eso todo el mundo le quería. Desde luego, era un ángel”, espeta su madre. Esa flexibilidad le permitió a los cinco años empezar con la natación y más tarde jugar al baloncesto “y eso que era la única niña con síndrome de Down”. También montaba a caballo, se animaba a bailar en la casa de Andalucía en Aranjuez y los fines de semana hacia salidas con sus monitores de tiempo libre.

 

Cero dudas para jugar al rugby

“Era muy activa”, indica Maribel. De hecho, llegó a participar en varias competiciones de cross y a ganarlas, “por eso la conocían tanto la antigua alcaldesa y varios concejales”. Lo del rugby le vino un buen día cuando se acercaron al taller ocupacional dos personas del Quijote Rugby Club Ivan Carrión, una persona con mucha experiencia en niños con síndrome de Down, y Horacio Ferreira. Le propusieron probar y Jeni, sin consultárselo a sus padres, ni lo dudó. Eso sí, se lo comentó cuando llegó a casa.

-Maribel: ¿Al rugby?

-Jeni. Sí, ya me he apuntado.

-M: Pero si eso lo he visto por la tele y es un deporte muy agresivo. ¡Ay hija, si ni siquiera se ha apuntado otra niña!

-J: Tú no te preocupes porque me lo han recomendado en el taller.

-M: Pero si es que es muy duro y además ya vas a montar a caballo.

-J: Mamá, tú ven a verlo y hablamos luego.

Total, que Jeni logró convencerla. “Sufría mucho cuando veía a mi chiquilla ahí debajo de todos cogiendo el balón”. Sin embargo, ahí estaba su hija para tranquilizarla: “No te preocupes porque no me hacen daño y además van con mucho cuidado”. Al verla tan feliz no tuvo más remedio que comprarle la equipación del Quijote Rugby Club. Para su cumpleaños, el 29 de abril, le había pedido el casco, “pero no nos dio tiempo a comprárselo porque ya se había puesto muy malita”. Con el equipo toledano disfrutó de lo lindo, y eso que durante mucho tiempo fue la única chica que disputaba los partidos. “Se ponía toda contenta cuando me contaba que había cogido la pelota y se la había dado a un compañero”.

Jennifer busca un compañero al que pasarle la pelota. (Walter Degirolmo)
Jennifer busca un compañero al que pasarle la pelota. (Walter Degirolmo)

Jeni gozaba con todo aquello. Ni siquiera la sonrisa despareció de su rostro cuando le dijeron hace dos años que no podía viajar con el equipo. Eran causas de fuerza mayor. Su padre había caído enfermo “y como siempre quería estar con ella….”, subraya la madre. Jeni nunca alzó la voz. Hace justo un año que su padre falleció y, como a veces ocurre, las malas noticias nunca vienen solas. El pasado 28 de marzo le detectaron una leucemia. “Dos días antes se había mareado y pensamos que era una gastroenteritis”. Fueron a ver a un médico, y como los resultados iban a tardar, le llevó al campo a pasar el día. Allí se mareó otra vez. Nadie intuyó entonces la gravedad del tema porque creyeron que podía ser una lipotimia o una bronconeumonía, “algo que yo descarté desde el principio porque no estaba constipada ni tosía”.

Una analítica posterior detectó la leucemia. Jeni quedó ingresada en el Hospital 12 de Octubre donde le dieron las primeras sesiones de quimio. La joven quería estar a toda costa el día de su cumpleaños en casa. Insistió tanto que el médico accedió a darle 23 días de permiso antes de volver a soportar la dureza de las sesiones que aún le quedaban pendientes. El 29 de junio se produjo una noticia que podía ser esperanzadora. Le ingresaron para hacerle un trasplante de médula ósea. Por fin la suerte se había aliado con la joven porque su hermano Alejando era cien por cien compatible. “Todo salió muy bien y nos quedamos muy contentos”.

El equipo, antes de empezar el partido. (Walter Degirolmo)
El equipo, antes de empezar el partido. (Walter Degirolmo)

Ya había comenzado con su tratamiento cuando, de repente, la cosa se torció. Jeni no podía mover las piernas. Le hicieron tres resonancias, con y sin contraste, y el diagnóstico resultó demoledor: la quimio le había afectado a su médula espinal y eso le había dejado sin movilidad en las extremidades inferiores. Lo importante, en aquellos momentos, era reaccionar rápido de cara a frenar la toxicidad. Había que evitar a toda costa que no le afectara a otras partes del cuerpo. Pese a que le dieron el alta unos días después, la joven seguía con su calvario de visitas al médico. Tenía que acudir tres veces por semana al hospital para recuperar los niveles de plaquetas, hacerle analíticas o a ponerle inyecciones con el fin de no debilitar más sus defensas. Ni una queja.

 

El deseo de volver a jugar

Con el cuerpo molido Jeni no se quería perder por nada del mundo la boda de su hermana que se celebró el pasado 1 de octubre. Le dolía mucho la espalda de estar tanto tiempo sentada en una silla de ruedas y, pese a todo, “pasó un día muy bueno”. Su madre decidió coger una habitación para que pudiera descansar y echar la siesta “y después estuvo hasta el final de la boda bailando con su silla de ruedas”. Al día siguiente la joven desayunó bien y regresó a casa con su madre. Comió “un poquito” de pollo y patatas fritas “y la acostamos para que echara la siesta”.

Por la tarde su salud empeoró. Aun así, quiso quedarse a dormir junto a su sobrina Indhira, de 11 años, “a la que adoraba”. Maribel relata que la niña les comentó que su tía dijo en voz alta mientras dormía: “Pronto te veo, papa”. Al poco tiempo Jeni se despertó. No podía dormir, así que su madre se acostó con ella. Al día siguiente tenía que regresar al Hospital 12 de octubre, pero Maribel prefirió adelantarse y llamar a una ambulancia. Pensaron que su creciente malestar podría deberse a una infección. “Le pusieron inyecciones para subir las defensas y muchos antibióticos mientras se me iba apagando poquito a poco”. Ya nada le hacía el efecto deseado.

Ha pasado muy poco tiempo y es lógico que a Maribel se le quiebre la voz. “En su ánimo siempre estuvo ponerse buena para volver a jugar”. Había veces que seguía reclamándole el casco que le habían prometido por su cumpleaños. Su madre también se emociona cuando evoca el mensaje que sus compañeros del Quijote Rugby Club le hicieron llegar desde la playa este verano. “Jeni, ponte buena. Te queremos”, le decían. A ella se le iluminaba el rostro. “Le querían mucho”, apostilla la madre.

 

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Fuente: www.elconfidencial.com (Íñigo Corral)
 


 

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