En Francia, en los años 80, el Espíritu Santo -que ya sabemos que sopla donde quiere- suscitó una comunidad religiosa en la que se admite a mujeres con síndrome de Down.

Las personas con discapacidad intelectual tienen el mismo derecho que las demás a conocer a Jesús, a recibir los sacramentos y a vivir una vida de fe.
Como escribió el Papa Francisco, “el deseo de vivir y de experimentar se refiere en especial a muchos jóvenes en condición de discapacidad física, mental y sensorial. Incluso si no siempre pueden hacer las mismas experiencias que sus compañeros, tienen recursos sorprendentes e inimaginables que a veces superan a los comunes. El Señor Jesús los llena con otros dones, que la comunidad está llamada a valorar, para que puedan descubrir su plan de amor para cada uno de ellos”. (Exhortación apostólica postsinodal, Christus vivit, n. 149).
Por su parte, la experta en síndrome de Down, la española María Victoria Troncoso, escribía en un artículo titulado ‘Catequesis para jóvenes con síndrome de Down: Una experiencia‘: «Las personas con síndrome de Down que han sido bautizadas tienen el derecho y el deber de crecer en el conocimiento de las verdades de la fe y de alcanzar la santidad. No están excluidas de esa llamada de Jesús: ‘Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto'».
En Francia, en los años 80, el Espíritu Santo –que ya sabemos que sopla donde quiere y a veces no necesariamente según lo que piensan los hombres– suscitó una comunidad religiosa en la que se admite a mujeres con síndrome de Down.
La historia, recogida por Infocatólica, es preciosa. Line era una joven francesa con una inquietud de servicio a personas vulnerables, por ejemplo, personas con discapacidad intelectual. Y tenía una amiga, Véronique, una chica con síndrome de Down también con una inquietud espiritual, la de consagrarse al Señor.
Line explica lo que ocurrió: «Visité varias comunidades que acogían a personas con discapacidad, pero descubrí que estas personas (con discapacidad intelectual) no podían encontrar su lugar en estas comunidades porque no eran adecuadas para ellas».
Por su parte, a Véronique, por su condición de persona con síndrome de Down, la habían rechazado varias órdenes de monjas. En aquel momento, todo hay que decirlo, ni el derecho canónico ni las reglas monásticas contemplaban ese supuesto: que una persona con discapacidad intelectual abrazase la vida contemplativa. “Nos decían que bajaríamos el nivel de la vida consagrada, que la vocación de nuestras hermanas era solo una idea de los padres, no una verdadera llamada de Dios”, explicó la madre Line.
Line prosigue: «Fue el encuentro con la joven Véronique, una niña con síndrome de Down, la que nos inspiró para un nuevo comienzo. Me prometí a mí misma ayudarla para cumplir su vocación».
En 1985, ambas se fueron a vivir a un piso, en un pequeño pueblo en Touraine (Francia). Después, se les unió otra chica con la misma condición genética, la trisomía en el par 21 (la causa genética de este síndrome)….
Fuente: hispanidad.com (José Ángel Gutiérrez)